me toca regar
Hace unas horas una compañera de universidad se ha declarado totalmente enamorada. Como conozco a ambos agraciados, me he sentido inmensamente feliz por ellos (con ellos, me atrevería a decir). Y después como siempre, la reflexión personal.
Cuando veo parejas como esta en que ambos comparten la misma felicidad (joia en catalán, una palabra que me encanta, aunque en castellano se traduciría literalmente como júbilo), miro hacia mi pasado y pienso que cuando me he sentido así, nunca he sido correspondido, y cuando se han sentido así por mí, nunca ha habido una reciprocidad total. No es un apunte negativo ni melancólico, puesto que me ha llevado a una conclusión.
Percibiendo cómo se sienten, y con qué seguridad y satisfacción proclaman su reclación, me hacen sentir algo parecido a cuando alguien efectúa cálculos mentales con agilidad, o como cuando alguien consigue hacer girar tres pelotas entre ambas manos consiguiendo que no le caiga ninguna. Es admiración por mi parte. Pero ahondando más en el asunto, me pregunto si acaso no consiguen el malabarista, aunque sea aficionado, y el calculador sus habilidades a base de práctica. Demonios! Seguro que sí.
El amor hay que practicarlo (no hablo de sexo, ahora, o al menos no solo de sexo). Como decía el cocinero chino de la película Tapas, de José Corbacho: “amol sel como planta, si no legal, molil”. Y cuánta razón tiene. Pero no se debe regar solamente la planta una vez ya crecida, que también, sino que se deben regar y acurrucar en un buen manto de humus, turba y arena todas aquellas semillas que se pueda. Cualquier planta es buena para hacerse jardinero, la planta de un amigo o amiga, la de tus padres, y también todas las simientes de amores y amistades que vendrán.
Me voy a poner un mandil, botas de agua, y ¡a regar!, ¡que voy con retraso!
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