Seis de la mañana, arriba. A lo de hoy no se le puede llamar etapa, ya que la distancia que nos separa de la meta es de 5 o 5 km y medio como mucho.
Nada más entrar en la ciudad con la primeras luces del alba, nos paramos a desayunar, rápido, un mero trámite, hay ganas de pisar la catedral y dar el objetivo por cumplido.
Finalmente desembocamos en la Praza da Inmaculada, donde se alza uno de los laterales de la catedral. Todo son sonrisas de los peregrinos con los que nos cruzamos. Saludos e incluso abrazos con aquéllos que más trato se ha tenido.
Antonio, Jesús y yo, nos hacemos una foto en el Obradoiro, al pié de la escalinata de la catedral. Es más que una foto, es como un cubito de caldo, que en su pequeño volumen, contiene todo el sabor de una sopa.

Nos metemos en la catedral, etc… Nos vamos a buscar la Compostela. Somos de los 10 primeros en conseguirla hoy.
Antes de empezar la misa del peregrino, Jesús se tiene que ir, su familia gallega ha llegado. Antonio se había despistado un rato con el móvil y no se ha podido despedir de él. Los dos contenemos las lágrimas, aunque a mí se me escapan después, cuando está de espaldas, como me suele suceder.
En la Misa del Peregrino, el cura nombra un montón de peregrinos, no sus nombres, si no su procedencia, y su punto de partida del camiño. Antonio y yo escuchamos al sacerdote decir “uno de Barcelona desde Ponferrada”, una sonrisa y una mirada cómplice entre los dos. A mi lado hay un escocés con falda verde y una gaita. De verdad.
Cuando acaba la misa, nos despedimos en la escalinata de la Praza das Praterías. Nos damos un abrazo y Antonio rompe a llorar. Yo cuando ya está bajando las escaleras.
Una vez más estoy en un hospedaje inmundo. El dueño tiene los pantalones con una colección de manchas de todos los orígenes y antigüedades.
Compro unos souvenirs y me paro en lugares estratégicos por si veo a Carmen. Aún tengo la espinita clavada por haber tirado para adelante sin habernos dado direcciones ni móviles.
La más rotunda soledad se va apoderando de mí a medida que van desapareciendo mis conocidos, y Santiago se va llenando de peregrinos, esforzados caminantes y ciclistas unos, meros turistas con coche de apoyo y ropa de domingo de recambio otros.
A los extranjeros que me reconocen del camino solo puedo dedicarles una sonrisa y un “hola” o un “hi” o un “ciao”. Este año aprendo inglés, fijo, esto no me puede pasar en Irlanda.
Adelanto un día mi viaje de vuelta. Echo de menos a algunas personas. Sobre todo a mi hija. También echo de menos mi flauta.
0 ampollas, 0 rozaduras, 0 km para Santiago.
El corazón lleno y pletórico y roto a la vez.